El estilo de vida contemporáneo garantiza la aparición temprana de dolores que en el 70% de los casos son incapacitantes. El remedio: cambiar hábitos y tomar precauciones de movilización, carga y descanso. Cuídese. Seguro notará la diferencia.

El sedentarismo, su consecuente obesidad y el estrés son, entre otros, los desencadenantes del dolor de espalda, región del cuerpo que más molestias sufre por el desacertado manejo que le damos: malas posturas, desconocimiento de las posiciones al sentarse, al pararse, al caminar e, incluso, al permanecer de pie.

“Las malas posturas desencadenan alteraciones degenerativas. Esta área es una de las más importantes, pues aporta gran parte del sostén y la motricidad del cuerpo”, señala el doctor Gerardo Casas, ortopedista, especialista en columna, del Centro Médico Imbanaco de Cali, Colombia.

Así mismo factores emocionales, como el estrés, la ansiedad, la depresión e, incluso, el sobrepeso y el estreñimiento crónico, aparecen, también, entre sus causas.

“La lumbalgia es el dolor, la tensión o la contractura muscular localizados por debajo de la última costilla y por encima del pliegue glúteo con o sin dolor en las piernas”, señala el doctor Casas.

En el 90% de los casos estos dolores son “benignos”, el resto pueden deberse a lesiones específicas, como hernias de disco, infecciones, enfermedades reumáticas, fracturas o procesos tumorales.

“El uso de medicamentos analgésicos, relajantes musculares y formas de terapia se encuentran indicados en la mayoría de los procesos agudos. Las terapias conductuales, mejoramiento del estado físico, modificaciones de las condiciones laborales y psicológicas, son determinantes en el manejo de las lumbalgias recurrentes o crónicas”, indica el ortopedista.

 “Una posición incorrecta durante un tiempo significativo, en un trabajo por largas horas frente a una computadora, implica entre otras cosas, una sobre-exigencia de los músculos llamados paravertebrales, que son aquellos colocados a los costados de la columna”, afirma el doctor Casas.

Estos músculos exigidos, por encima de su capacidad de trabajo, terminan por fatigarse y producir dolor, que luego se convierte en una contractura muscular, una reacción del organismo de inmovilizar automáticamente la zona para prevenir una lesión y disminuir el dolor.

En conclusión, “el mejor manejo es el que considera todos los aspectos del paciente: ejercicio, rehabilitación multidisciplinaria, educación, cambios conductuales y el reconocimiento de que cada paciente es un ser individual con condiciones físicas diferentes, trabajos diferentes, creencias y emociones particulares, que hacen que la respuesta al tratamiento también sea individual”, asegura el especialista del Centro Médico Imbanaco de Cali, Colombia.